martes, 30 de octubre de 2012

Día 30 - Mariangula


Esta antigua leyenda relata que Maringula era una niña que no cumplía sus 15 años, sumamente alegre, traviesa y juguetona.

Cierto día su madre le mandó a comprar tripa mishqui que era la base de su negocio ubicado en una de las esquinas del Quito colonial, pero haciendo estricto caso de su carácter la niña no sólo que no cumplió el mandado, pues se gastó el dinero recibido, sino que también gastó el tiempo jugando con sus amigos del barrio. Una vez terminado ese tiempo fue un solo instante de pensamiento que Mariangula se da cuenta del terrible castigo que le esperaba en casa por su error.

De tal suerte que se le ocurre, ya de noche en camino de regreso a su casa y mientras pasaba por el cementerio, sacarle las tripas a un cadáver humano que acababan de enterrar, hacer la limpieza de rigor y llevárselas a su madre.

Tan genial idea no podía tener otro desenlace que, a lo mucho, una reprimenda oral por el atraso sufrido.

Su madre, visto que tenía tan poco tiempo para iniciar su diaria labor, simplemente se dispuso a hacer lo que todos los días hacía, sorprendiéndose al final de la jornada de lo bien que le había ido ese día en la venta de la tripa mishqui asada. Todos sus comensales alabaron el particular y exquisito sabor del plato de ese día, tantas otras veces degustado. Al llegar la noche el éxito monetario y las felicitaciones recibidas ayudan a la madre a perdonar a su hija quien satisfecha por su inteligente treta y posterior triunfo va a la cama, a dormir.

Sin embargo, una vez en su habitación, Mariangula oye que la puerta se estrellaba contra su marco y una serie adicional más de ruidos extraños y retumbantes por toda la casa. Se asusta. Comenta el hecho con su familia quien le responde que no oye absolutamente nada por lo cual todos vuelven a dormir.

Conforme avanzaba la noche, los ruidos, para la niña, se hicieron cada vez más fuertes, variados y cercanos, hasta que alcanzó a escuchar perfectamente: “Marianguuula, Marianguuula, dame mis tripas y mi pusún que te robaste de mi santa sepultura".

Para este momento, ya escuchaba unos pasos firmes que subían por la escalera hasta su habitación, al ritmo constante de la frase que la aterraba: “Marianguuula, Marianguuula, dame mis tripas y mi pusún que te robaste de mi santa sepultura".

Al borde del colapso, Mariangula entra en un estado de total desesperación y angustia y sin poder aguantar más el arrepentimiento, coge un cuchillo y se desgarra su propio estómago. Alertada la familia por semejante barullo ingresa a la habitación de la jovencita para constatar un macabro cuadro que dibujaba su cuerpo tendido, solitario, sobre su cama y encharcada en sangre.

Nadie vió ni oyo nada aquella noche, que no fueran las exclamaciones a garganta viva de Mariangula, en su agonía, pidiendo perdón por su inocente travesura a un personaje cuyo nombre coincidía con el muerto de la tarde anterior.

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